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Odio eterno al fútbol moderno

Es curioso que, dedicándome a un sector relativamente novedoso, odie el fútbol moderno. Supongo que me he adaptado al modelo de fúbol/negocio, sin embargo tengo la desagradable sensación de que he ganado un trabajo pero he perdido una afición.


A mediados de los 80' empecé a frecuentar el Luis Sitjar, mítico estadio del Real Mallorca. Iba con mi hermano y mi padre, quien me inculcó el amor por el deporte y por los colores rojo y negro. Apenas teníamos 5 años y, con mucha ilusión, agarrábamos la mano de papá para no perdernos entre el tumulto de gente que, como nosotros, acudía al estadio cada quince días. Dicen que la vida se resume en momentos y recuerdos, en experiencias y recuerdo, con nostalgia, la sensación placentera que sentía al subir las escaleras que me llevaban a la grada y veía el césped. Era una de esas sensaciones que me llenaba y me hacía extremadamente feliz.

Recuerdo también que no todo era bonito. Tenía pánico a la traca que lanzaban los "Ultras" coincidiendo con la salida de los jugadores. También temía el bengaleo. Cuando sucedía, me tapaba las orejas y cerraba los ojos. Sabía que eso tan solo duraría un minuto y que valía la pena. Después tendría 90 minutos para disfrutar del equipo que estaba conquistando mi corazón. Sentado sobre el hormigón, a veces de pie si había mucha gente, incómodo pero feliz. Acribillando a papá a decenas de preguntas durante el partido y que las respondía sin dejar de perder de vista el juego. 

Por entonces no había móviles, redes sociales ni servicios de mensajería instantánea.  Ir al fútbol suponía una desconexión absoluta y los recuerdos no se inmortabilizaban a través de un smartophone sino a través de la mente. Es curioso como recuerdo más algunos de esos momentos que otros más recientes y archivados en mi dispositivo móvil. Recuerdo lo rica que me sabía la coca-cola en el Luis Sitjar, un refresco que costaba 300 pesetas, un precio elevadísimo en la época pero que sabía extremadamente bien. La mezcla de pipas, cocacola y fútbol era orgásmica. Recuerdo, con nostalgia, los baños mugrientos del Luis Sitjar, ese olor característico y que años después me di cuenta que era debido a la poca higiene genital de muchos de los que orinaban a la pared y es que no había ni vater. 

Pitaba el árbitro el final, pero no acababa el partido. Era momento de recoger entradas usadas que quedaban desperdigadas en las gradas. Las intercambiaba con aficionados de toda España que conocía a través de la revista Don Balón. Y lo hacíamos mediante correo postal/ordinario. Recuerdo también, con mucha ilusión, recoger una carta y encontrarme con una entrada de estadio del Racing, Osasuna o Celta. Las tenía todas archivadas en un álbum de fotografías, junto con fotografías y autógrafos de centenares de futbolistas, puesto que después de recolectar entradas tocaba ir a la salida del estadio a dar la mano y pedir rúbrica a los jugadores, tanto locales como visitantes. Jugadores cercanos y afables que no dudaban en pararse y tener una charla con aquellos que, como yo, estábamos ahí esperando.

En mis manos tengo un anuario del Real Mallorca de la temporada 1987/1988. En él, figura una ficha de los jugadores de aquella plantilla e incluye su dirección y teléfono fijo. ¿Os imagináis que esto sucediera ahora? Es impensable.

El fútbol sigue teniendo el mismo concepto y objetivo. Meter la pelota en la portería, pero la idea romántica y trasnochada de este deporte se ha ido perdiendo en pro del marketing y de un poderoso caballero llamado Don Dinero. No dejaré de lado el fútbol, vendría a ser como esa relación tóxica de pareja que, en el fondo, sabes que te daña pero la amas tanto que no puedes dejarla. Pero, en la retina, guardaré como oro en paño aquellos recuerdos de cuando fútbol era fútbol.


3 comentarios:

  1. Te ha faltado la canción de FRAC para amenizar la lectura
    http://youtu.be/JTiaYyYAJVE

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    1. Se añade, no hay problema jajajaja

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    2. Ahí. Ahí. Jajajaja.
      Echo de menos esos partidos en estadios pequeños de provincia, como el Lluís Sitjar o el Helmantico que era el mio. Qué rabia que todo el fútbol español acabara fagocitado por los dos grandes. Aunque resisten algunos valientes.

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